viernes, 30 de enero de 2009

Garden State.

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Fragmento de la película Garden State, que en Argentina se llamó Tiempo de Volver. Así, tal cual como lo describe él, es como creo que nos sentimos la mayoría cuando cruzamos el límite de los 25 años.
Película muy recomendable.

Dialogo:

Andrew Largeman: ¿Viste ese punto de tu vida en el que te das cuenta de que la casa en la que creciste ya no es más tu hogar? De pronto, aun cuando sabés que tenés un lugar en donde poner tus cosas, la idea del hogar se pierde.

Sam: Yo todavía siento a mi casa como un hogar.

Andrew Largeman: Ya vas a ver cuando te mudes, simplemente pasa que un día ya no lo es más. Y ya no lo podés hacer regresar. Es como sentir nostalgia de estar en tu hogar en un lugar que ya no existe. Quiero decir, es como un rito de iniciación, sabés. No sentís nunca más lo mismo hasta que creás una nueva idea de hogar por vos mismo, para tus hijos, la familia que inicies, es como un círculo o algo así. Yo extraño esa idea. Quizás eso sea una familia en realidad. Un grupo de personas que extrañan el mismo lugar imaginario.

Sam: Tal vez.

Caballos salvajes. Hector Alterio.


“Se puede vivir una larga vida sin aprender nada,
se puede durar sobre la tierra sin agregar
ni cambiar una pincelada del paisaje;
se puede simplemente no estar muerto sin estar tampoco vivo.
Basta con no amar, nunca, a nada, a nadie.
Es la única receta infalible para no sufrir.
Yo aposté mi vida a todo lo contrario
y hacía muchos años que definitivamente
había dejado de importarme si lo perdido era más que lo ganado.
Creía que ya estabamos a mano, el mundo y yo,
ahora que ninguno de los dos respetaba demasiado al otro.
Pero un día descubrí que todavía podía hacer algo para
estar completamente vivo,
antes de estar definitivamente muerto.
Entonces me puse en movimiento…”

jueves, 29 de enero de 2009

Omar Khayyam

IV
Si el vino es bálsamo para las heridas,
si el vino alivia las penas del corazón
¡traédme todo el vino del universo
pero no me prives del dolor!
VII
A un viejo sabio pedí información
sobre la suerte de los que partieron.
Me respondió:
" Ya no volverán. No sé más. ¡Bebe vino!
XXVII
Los eruditos no ofrecen su saber,
pero la mirada de una mujer te revelará la
felicidad.
Tus dias están contados, pronto volverás a la
tierra.
Cómprate vino, disfrútalo y déjate embriagar
por el amor

miércoles, 28 de enero de 2009

Sinfonia del sentimiento

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Mañana con olor a lluvia


Que fácil sería silbar
y hacer la vida
que uno quiere
y no tener que agarrar
del piso
la bosta con las manos
y moldear
un edificio de mierda.
Cantar frente al mar y
que eso sea todo.
En otra vida
quiero venir
a mear sobre el mundo.
Que simple y que bello
sería existir
para disfrutar de los sentidos.
Todo tendría más sentido.

Jorge Drexler. Oh, que sera

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martes, 27 de enero de 2009

No voy a ser yo

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Kevin Johansen


Ventana sobre un hombre de éxito.


No puede mirar la luna sin calcular la distancia.


No puede mirar un árbol sin calcular la leña.


No puede mirar un cuadro sin calcular el precio.


No puede mirar un menú sin calcular las calorías.


No puede mirar un hombre sin calcular la ventaja.


No puede mirar a una mujer sin calcular el riesgo.
Eduardo Galeano

sábado, 24 de enero de 2009

La conciencia


La conciencia es como un niño, si uno la mima, juega con ella y le da todo lo que pide, se malcría y se entromete en todas las diversiones y en la mayoría de los contratiempos y tristezas. Hay que tratar a la conciencia como a cualquier otra cosa. Si se pone rebelde, unos azotes. Hay que mostrarse severo, discutir con ella, impedir que se ponga a jugar con uno a cualquier hora, y así se obtendrá una conciencia en condiciones. Una conciencia malcriada solo sirve para destruir todos los placeres de la vida (...) Puede que la mejor conciencia sea la que está muerta.

Mark Twain, Entrevistado por Rudyard Kipling.

homero aputasado

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viernes, 23 de enero de 2009

Las mejores frases de los simpsons




“Yo no fui, nadie me vio, no pueden probarlo.”




“Smithers, emborráchese y balancéese cómicamente para mi regocijo.”




“¡Los veré en el infierno!... desde el Cielo.”



“¡Oh, no! ¡Elecciones! ¿Es uno de esos días en que cierran las tabernas, no es cierto?”

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Ruido

Pequeña Orquesta Reincidentes



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" Un millón de sueños en una vida sola..."



jueves, 22 de enero de 2009

Beirut. Postcards from Italy.

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Poema en antología barata

Contrablanco. Por Máximo Roberto Ballester

El papel en blanco
la mesa blanca
el aire blanco
yo, en blanco, sentado blancamente
sobre el piso blanco

¿El poema? Cuatro paredes blancas
bajo un techo blanco.

-Basta!

Doy un portazo dejando la llave adentro.

Cuando vuelva seré un mago y abriré la puerta
con un pájaro previamente conversado.
Demostraré que todas las puertas se abren
con un pájaro y que una hoja en blanco
puede ser una paloma.

La influencia de Perón en el Rock

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miércoles, 21 de enero de 2009

martes, 20 de enero de 2009

Discepolin

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Los ojos de los niños
Por Osvaldo Bayer
Desde Bonn, Alemania
Mientras en una parte del mundo se celebraban las fiestas, en otros lugares se mataban seres humanos. Así se despidió el año 2008, así llegó el 2009. Civilización, o no, y barbarie. Pan dulce y bombas. El cinismo no conoce fronteras. Se mata y ya está. Por seguridad. Por los derechos de unos sobre otros. Recibimos el Año Nuevo con cuatrocientos muertos debajo del colchón, cien de ellos niños. Y cerca de dos mil heridos. La Franja de Gaza. Pueblos que ya tendrían que ser sabios por sus experiencias trágicas encuentran coincidencia sólo en la muerte. Esa muerte para la que el ser humano trata de encontrar una definición, una explicación, es usada como emblema de lo que llamamos civilización. Ahora es ya mucho más fácil. Se mata al enemigo desde aviones y, mejor todavía, a él y a toda su familia. A su mujer y a sus ocho hijos. O con cohetes, desde el escondite. Esos jóvenes que arrojan bombas desde aviones o desde escondites no se dan cuenta de que matan, de que exterminan la vida de otro ser, por lo general inocente. Pero arrojan bombas por “patriotismo”. Los discursos de los políticos intervinientes nos dicen claramente de su omnipotencia. ¿Tienen acaso el poder delegado de matar, de hacer matar? ¿Se los vota para eso? ¿Y qué pasa con Naciones Unidas, para qué está? Ni siquiera esa organización mundial es capaz de detener una guerra. Ese tendría que ser su principal motivo de existencia. Y no una masa burocrática de encuentros superficiales y desencuentros que ocasionan la muerte.
La muerte de niños. Lo lanzaron al aire y al papel, los medios: el bombardeo israelí logró la muerte de uno de los dirigentes principales de Hamas y también de su mujer y sus ocho hijos. Buena puntería. ¿Pero cómo, es que vivimos en el tiempo de los dinosaurios? No, vivimos el siglo de la mente humana. Por eso el papa Ratzinger en su mensaje de Navidad nos ha enseñado a rezar, rezar, rezar. ¿Rezar a quién? ¿A un Dios que permite en la “Tierra Santa”, donde nació su hijo de una virgen, que se cometan crímenes tan atroces, como que se peleen pueblos desde hace siglos por razones religiosas, que en el fondo no son otra cosa que razones de poder y de dominio? Alá, Jehová y Cristo. Tierra Santa que mata a sus niños.
¿Con qué habrán soñado esos niños la última noche en que vivieron? ¿Con juguetes, con hadas, con ángeles que les arrojaban espejitos de colores desde el cielo? Es lo mismo, porque nosotros les arrojamos bombas y los destrozamos. Habría que rescatar los ojos de esos niños en el momento en que estallaron las bombas.
Sí, está bien, los hombres de Hamas lanzan cohetes a Israel. ¿Y por eso hay que bombardear ciudades abiertas allí donde viven madres que crían a sus hijos? Ciudades que ni siquiera tienen refugios antiaéreos. Eso es fácil. Pero criminal de la peor cobardía, a su vez.
Tiene razón Israel en combatir el terrorismo, pero no con métodos cien veces más traidores que el cohete individual. Igual, tal vez, en su perversión, pero increíblemente menor que hacerlo desde aviones, en uniforme oficial y por orden de los responsables. No, además, esos actos de mostrar poder traen las consecuencias más nefastas, originan los odios de siglos, los deseos de venganza infinitos, que quedan en la historia de los pueblos. La única búsqueda de solución es recurrir a Naciones Unidas para que envíe una organización preparada en esta clase de conflictos, que encuentre la paz y no la venganza. No se arreglan los problemas con la muerte. Y más para un pueblo con la experiencia del judío, un pueblo que, con su conocimiento histórico de persecuciones, tiene que haber aprendido para siempre hacia dónde lleva el odio. Porque los crímenes del Holocausto han quedado para siempre en la conciencia del pueblo alemán y tendrían que quedar también para siempre en el pueblo que fue víctima. Porque no hay ninguna diferencia para un niño entre morir en una cámara de gas y ser destrozado por una bomba arrojada desde aviones oficiales.
Sí, el pueblo alemán aprendió para siempre lo que es cometer un crimen de lesa humanidad. Pero seamos sinceros: aprendió pero no tanto. Hay otra forma de hacerse cómplice de otros crímenes. Por ejemplo esto: la fabricación y venta de armas. Leamos las cifras oficiales. La exportación de armas alemanas del año 2007 alcanzó a 8,7 mil millones de euros. Es decir que exportó un 13 por ciento más que el año anterior. Con esto, Alemania ocupa el tercer lugar en el mundo de exportadores de armas, con el 10 por ciento, mientras Estados Unidos ocupa el primer lugar, con el 31 por ciento, y Rusia, el segundo, con el 25 por ciento. Pero aquí no acaba la cosa. Alemania exporta armas a China, India, a los Emiratos Unidos de Arabia, a Grecia, a Corea del Sur y a un sinfín de otros países. Sí, a los Emiratos Unidos de Arabia. Pero, y aquí está el nudo de la cuestión: también a Israel, Afganistán, India, Nigeria, Pakistán y Tailandia. Muy buen negocio. Ahí no se hacen discriminaciones, el que paga bien, a ése se le vende. Es sabido que los europeos –en este caso Alemania, Gran Bretaña, Francia e Italia– atraen a sus clientes deseosos de armas con financiaciones “atractivas” y la promesa de transmitirles tecnología nueva.
Entonces aquí hay que decir la otra verdad. No alcanza con que los alemanes se hayan hecho una severa autocrítica sobre los crímenes del nazismo sino que la verdadera autocrítica tendría que ser nunca más a las armas, nunca más hacer negocios con la Muerte y menos con países que tienen problemas con países lindantes ni tampoco aquellos que tienen problemas internos. No se es honesto si por un lado criticamos las guerras y las represiones y por el otro vendemos armas a países donde tienen lugar esos crímenes contra la Vida.
Hace pocos días se hizo en los medios alemanes un desusado elogio al ex primer ministro Helmut Schmidt, que cumplió noventa años de edad. Justamente, el político que apoyó la venta de armas a la dictadura argentina del desaparecedor Jorge Rafael Videla. Y se defendió en el Congreso alemán diciendo que lo hacía para “asegurar la fuente de trabajo de los obreros alemanes”, un argumento fuera de toda base ética. Porque si es por eso, que el gobierno alemán disponga de una suma para darles trabajo a esos obreros y que éstos se dediquen a fabricar juguetes para los niños.
Más todavía, el gobierno alemán asegura con fianzas oficiales la financiación de los proyectos de venta de armas, para lo cual se utiliza dinero del pueblo cobrado mediante los impuestos. Hace poco quedó en claro un escándalo producido por la constatación de que las fuerzas de seguridad de Georgia poseían modernas armas alemanas, a pesar de que el gobierno alemán había rechazado el pedido de ese país de venderle armas, ya que Georgia se encontraba en estado de guerra con Rusia. Es decir que podemos constatar que, en el caso de hacer negocios, se pisotean los principios básicos de lo que tiene que ser la ética en las relaciones humanas.
Las armas, las guerras entre los seres humanos divididos por estúpidas fronteras, tienen que pasar a ser un tema fijo en la vida de todos los pueblos del mundo. No a las armas, sí a la vida.
Han muerto cien niños en el bombardeo israelí de Gaza. Ya esa cifra podría servir de leitmotiv contra todos los bombardeos de ciudades abiertas. Nunca más la muerte de niños como acción de guerra. Salir a la calle en la protesta. Denunciar a los políticos que dieron la orden y a los generales y soldados que la cumplieron.
Sería al primer peldaño hacia aquel Paraíso en la Tierra con que soñaba Kant: la paz eterna.

La conjura de los necios


Uno de los libros de Anagrama que le gusta leer a la gente de La logia. El autor se llama John Kennedy Toole y escribe con un humor demasiado ácido. El tipo se suicidó enganchando una mangera al caño de escape de su auto y metiendo la otra punta por ventana, para que al acelerar con las ventanas bajas lo asfixien los gases.
Después de leer el prólogo no podés no salir a buscarlo.


Walker Percy.
Prólogo.

Quizás el mejor modo de presentar esta novela (que en una tercera lectura me asombra aún más que en la primera) sea explicar mi primer contacto con ella. En 1976, yo daba clases en Loyola y, un buen día, empecé a recibir llamadas telefónicas de una señora desconocida. Lo que me proponía esta señora era absurdo. No se trataba de que ella hubiera escrito un par de capítulos de una novela y quisiera asistir a mis clases. Quería que yo leyera una novela que había escrito su hijo (ya muerto) a principios de la década de 1960. ¿Y por qué iba a querer yo hacer tal cosa?, le pregunté. Porque es una gran novela, me contestó ella. Con los años, he llegado a ser muy hábil en lo de eludir hacer cosas que no deseo hacer. Y algo que evidentemente no deseaba era tratar con la madre de un novelista muerto; y menos aún leer aquel manuscrito, grande, según ella, y que resultó ser una copia a papel carbón, apenas legible. Pero la señora fue tenaz; y, bueno, un buen día se presentó en mi despacho y me entregó el voluminoso manuscrito. Así, pues, no tenía salida; sólo quedaba una esperanza: leer unas cuantas páginas y comprobar que era lo bastante malo como para no tener que seguir leyendo. Normalmente, puedo hacer precisamente esto. En realidad, suele bastar con el primer párrafo. Mi único temor era que esta novela concreta no fuera lo suficientemente mala o fuera lo bastante buena y tuviera que seguir leyendo. En este caso, seguí leyendo. Y seguí y seguí. Primero, con la lúgubre sensación de que no era tan mala como para dejarlo; luego, con un prurito de interés; después con una emoción creciente y, por último, con incredulidad: no era posible que fuera tan buena. Resistiré la tentación de explicar al lector cuál fue lo primero que me dejó boquiabierto, qué me hizo sonreír, reír a carcajadas, mover la cabeza asombrado. Es mejor que el lector lo descubra por sí mismo. He aquí a Ignatius Reilly, sin progenitor en ninguna literatura que yo conozca (un tipo raro, una especie de Oliver Hardy delirante, Don Quijote adiposo y Tomás de Aquino perverso, fundidos en uno), en violenta rebeldía contra toda la edad moderna, tumbado en la cama con su camisón de franela, en el dormitorio de su hogar de la Calle Constantinopla de Nueva Orleans, llenando cuadernos y cuadernos de vituperios entre gigantescos accesos de flato y eructos. Su madre opina que necesita salir a trabajar. Lo hace y desempeña una serie de trabajos, cada uno de los cuales se convierte en seguida en una aventura disparatada, en un desastre total; sin embargo, todos estos casos, tal como sucede con Don Quijote, poseen una extraña lógica propia. Su novia, Myrna Minkoff, del Bronx, cree que lo que Ignatius necesita es sexo. Las relaciones de Myrna e Ignatius no se parecen a ninguna historia «chico-encuentra-chica» que yo conozca. Otro aspecto a destacar en la novela de Toóle es el reflejo de las particularidades de Nueva Orleans, sus callejuelas, sus barrios apartados, sus peculiaridades lingüísticas, sus blancos étnicos... y un negro con el que Toóle logra casi lo imposible, un soberbio personaje cómico, de gran talento y habilidad, sin el menor rastro de caricatura racista. No obstante, el mayor logro de Toóle es el propio Ignatius Reilly, intelectual, ideólogo, gorrón, holgazán, glotón, que debería repugnar al lector por sus gargantuescos banquetes, su retumbante desprecio y su guerra individual contra todo el mundo: Freud, los homosexuales, los heterosexuales, los protestantes y todas las abominaciones de los tiempos modernos. Imaginemos a un Tomás de Aquino trastornado en una Nueva Orleans desde donde hace una disparatada correría cruzando los pantanos hasta la universidad estatal de Louisiana, a Baton Rouge, donde le roban la chaqueta de maderero mientras está sentado en el retrete de caballeros de la facultad, abrumado por elefantíacos problemas gastrointestinales. A Ignatius se. le cierra periódicamente la válvula pilórica como reacción a la ausencia de una «geometría y una teología adecuadas» en el mundo moderno. No sé si utilizar el término comedia (aunque comedia es), pues el hacerlo implicaría que se trata simplemente de un libro divertido, y esta novela es muchísimo más. Decir que es una gran farsa estruendosa de dimensiones falstaffianas sería una descripción más exacta, se aproximaría mucho más al término
comedia
.También es triste. Y uno nunca sabe exactamente de dónde viene la tristeza, si de la tragedia que hay en el corazón de las grandes cóleras gaseosas y las lunáticas aventuras de Ignatius, o de la tragedia que rodea al propio libro. La tragedia del libro es la tragedia del autor: su suicidio en 1969, a los treinta y dos años. Y otra tragedia es la posible gran obra que con su muerte se nos ha negado. Es una verdadera lástima que John Kennedy Toóle ya no esté entre nosotros, escribiendo. Pero nada podemos hacer, salvo procurar que al fin esta tragicomedia humana, tumultuosa y gargantuesca, pueda llegar a un mundo de lectores.

Lucy in the sky with diamonds



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Caballos salvajes

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lunes, 19 de enero de 2009

Una piba con remera de Greenpeace

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A solas con todo el mundo




La carne cubre el hueso

y dentro le ponen

un cerebro y

a veces un alma,

y las mujeres arrojan

jarrones contra las paredes

y los hombres beben

demasiado

y nadie encuentra al

otro

pero siguen

buscando

de cama

en cama.

La carne cubre

el hueso y la

carne busca

algo más que

carne.

No hay ninguna

posibilidad:

estamos todos atrapados

por un destino

singular.

Nadie encuentra jamás

al otro.

Los tugurios se llenan

los vertederos se llenan

los manicomios se llenan

los hospitales se llenan

las tumbas se llenan


nada más

se llena.


Charles Bukowsky

sábado, 17 de enero de 2009

sábado, 10 de enero de 2009

El himno y el policia

Puede no ser el mejor de los cuentos. Pero es un gran cuento, simple y con un toque de crudeza, con lo que este flaco se ganó mi admiración. O. Henry escribiò a fines del 1800 y principiós del 1900. Un tipo bastante conflictivo y no muy bien criticado en general. A mi me parece genial.






El himno y el policía
O´ Henry






Soapy se movió, inquieto, en su banco de la plaza Madison. Cuando los gansos silvestres graznan muy alto en las noches, cuando las mujeres que no tienen tapado de piel se tornan amables con sus esposos y cuando Soapy se mueve, inquieto, en su banco del parque, uno sabe que el invierno está a la vuelta de la esquina.

Una hoja marchita cayó sobre la solapa de Soapy. Era la tarjeta de visita de José Escarcha. José Escarcha es muy gentil con los residentes de la plaza Madison, y nunca deja de anticiparles su llegada anual. En las esquinas de cuatro calles, entrega su cartulina al Viento Norte, lacayo de la mansión del Aire Libre, a fin de que los habitantes del lugar puedan prepararse.

La mente de Soapy cobró conciencia de que había llegado, para él, la hora de formar una Comisión Unipersonal para el estudio de Medios y Recursos, a fin de proveerse contra los rigores inminentes. Por lo tanto, se movió, inquieto, en su banco.

Las ambiciones invernales de Soapy no eran de las más encumbradas. No incluían cruceros por el Mediterráneo, soporíferos cielos del Sur ni barcos a la deriva en la bahía del Vesubio. Tres meses en la Isla era todo lo que su alma codiciaba. Tres meses de casa y comida asegurada, en compañía de gente simpática, a resguardo del bóreas y de los uniformes, constituían para Soapy la quintaesencia de lo deseable.

Por años, la hospitalaria cárcel de Blackwell le había servido de casa para sus vacaciones de invierno. Así como sus conciudadanos más afortunados sacaban boleto para Palm Beach o la Riviera, así Soapy efectuaba sus humildes arreglos para una escapada anual a la Isla. Y ya había llegado el momento. En la noche anterior, tres periódicos sabatinos distribuidos bajo la chaqueta, alrededor de los tobillos y sobre el regazo, no habían logrado rechazar el frío sentido mientras dormía en su banco, cerca de la fuente borboteante de la antigua plaza. Por lo tanto, la isla se erguía, enorme y oportuna, en los pensamientos de Soapy. Él desdeñaba los preparativos hechos por las reparticiones del municipio en aras de la caridad. A su modo de ver, la Ley era más benigna que la Filantropía. La lista de instituciones privadas o municipales en las que podía recibir albergue y alimentos, concordantes con la vida simple, era interminable. Pero para un espíritu orgulloso como el de Soapy, los dones de la caridad están llenos de estorbos. Si no en dinero contante y sonante, uno debe pagar con humillaciones de espíritu los beneficios recibidos de las manos filantrópicas. Así como César tenía a Bruto, cada lecho caritativo tiene el diezmo de un baño; cada hogaza de pan, su precio en inquisiciones privadas y personales. Por lo tanto, es preferible ser huésped de la ley, la cual, si bien se guía por reglas, no se entromete indebidamente en los asuntos privados de un caballero.

Una vez decidido a ir a la Isla, Soapy se dedicó de inmediato a alcanzar sus fines. Existían muchos modos de hacerlo. El más agradable consistía en cenar lujosamente en algún restaurante caro; después, tras declarar su insolvencia, uno se entregaba tranquilamente y sin bulla a la policía. Un magistrado complaciente se encargaría del resto.

Soapy se levanto del banco para marcharse de la plaza y cruzar el nivelado mar de asfalto en donde confluían las avenidas Quinta y Broadway. Tomó por la última y se detuvo ante un centelleante café, uno de esos en que se reúnen noche a noche los productos escogidos de la uva, el gusano de seda y el protoplasma.

Confiaba en sí desde el último botón del chaleco hacia arriba: estaba afeitado y llevaba una chaqueta decente; también una corbata negra, limpia, que le había regalado una misionera en el día de Acción de Gracias. Si lograba llegar a la mesa del restaurante sin despertar sospechas, el éxito sería suyo. La porción de su persona que asomaría por encima del mantel no provocaría dudas en la mente del mozo. Un buen pato asado, pensó, sería lo más conveniente, con una botella de Chablis; después, queso Camembert, un café doble y un cigarro. Bastaría con un dólar para el cigarro. La cuenta no sería tan abultada como para requerir supremas manifestaciones de venganza por parte de los dueños, y aun así la carne lo dejaría satisfecho y feliz para iniciar el viaje hacia un refugio invernal.

Pero en cuanto Soapy puso el pie dentro del restaurante, la mirada del maître cayó sobre sus pantalones gastados y sus zapatos decadentes. Manos fuertes y alertas lo hicieron girar sobre sus talones para ponerlo, silenciosa y apresuradamente, en la vereda, salvando así al pato amenazado de su innoble destino.

Soapy abandonó la avenida. Al parecer, su senda hacia la isla codiciada no sería muy epicúrea. Habría que pensar en algún otro medio para entrar al limbo.

En una esquina de la Sexta Avenida, luces eléctricas y mercancías tentadoramente expuestas tornaban muy conspicua una vidriera. Soapy tomó un adoquín y lo arrojó contra el vidrio. La gente acudió a la carrera desde el otro lado de la esquina, con un policía a la vanguardia. Él permaneció muy quieto, con las manos en los bolsillos, saludando con una sonrisa a los botones de bronce.

- ¿Dónde está el que hizo esto?- preguntó el oficial, excitado.
- ¿No se le ocurre que yo puedo tener algo que ver?- sugirió Soapy, no sin sarcasmo, pero en tono amistoso, tal como se saluda a la buena suerte.

La mentalidad del policía se negó a considerar a Soapy, siquiera como pista. Cuando uno rompe una vidriera no se queda a parlamentar con los lacayos de la ley, sino que pone pies en polvorosa. El policía divisó a un hombre que corría para alcanzar un coche, a mitad de cuadra, y se lanzó en su persecución con la cachiporra en la mano. Soapy, lleno de disgusto el corazón, siguió andando con su segundo fracaso a cuestas.

En la acera opuesta había un restaurante sin grandes pretensiones, que atendía grandes apetitos y bolsillos modestos. La atmósfera y la vajilla eran pesadas; la sopa y los manteles, muy livianos. A ese lugar llevó Soapy sus zapatos acusadores y sus pantalones soplones, sin que nadie lo detuviera. Sentado a una mesa, consumió un bife, panqueques, buñuelos y pastel. Luego, ante el mozo, reveló el hecho de que no tenía relación alguna con la moneda más ínfima.

- Bueno, llame a un policía- agregó.- No es cosa de tener a un caballero esperando.
- Para usted, nada de policías- afirmó el mozo, con voz de bizcocho y ojos de cereza en cóctel.- ¡A ver, Con!

Limpiamente de narices en la vereda lanzaron los dos mozos a Soapy. Él se levantó, articulación por articulación, como si desplegara un metro de carpintero, y se sacudió el polvo de la ropa. Al parecer, todo arresto era un sueño dorado. La Isla se veía muy lejana. Un policía que observaba la escena desde una farmacia, dos puertas más allá, se marchó con una carcajada.

Soapy caminó cinco cuadras antes de que su coraje le permitiera cortejar nuevamente a la captura. Esa vez, la oportunidad le ofreció lo que él llamaba, fatuo, “pan comido”. Una joven de aspecto pudoroso y agradable, de pie ante una vidriera, contemplaba con vivo interés el despliegue de tinteros y tazas de afeitar; a dos metros de allí, apoyado contra una boca de incendios, vigilaba un policía corpulento, de expresión severa.

El propósito de Soapy era asumir el papel del despreciable y execrado “guarango”. El aspecto elegante y refinado de su víctima, así como la proximidad del abnegado policía, lo inducían a creer que pronto sentiría la agradable presión oficial en el brazo, con lo cual quedaría asegurado su alojamiento invernal en la pequeña y conveniente islita.

Soapy se acomodó la corbata de la misionera, tiró de los puños encogidos para sacarlos de la manga, dio a su sombrero una inclinación audaz y se acercó a la joven. Le hizo ojitos, sufrió súbitos ataques de tos y carraspera, sonrió, hizo gestos lujuriosos y se lanzó atrevidamente en la asquerosa, impúdica letanía de todo galanteador guarango. Por el rabillo del ojo veía que el vigilante lo observaba con atención. La mujer se apartó algunos pasos y volvió a concentrarse en las tazas. Soapy la siguió, deteniéndose junto a ella, y se levantó el sombrero, mientras exclamaba:

- ¡Vamos, Bedelia! ¿No quieres venir a jugar a mi casa?

El policía seguía mirando. La joven perseguida un hubiera tenido más que levantar un dedo para que Soapy iniciara, prácticamente, su viaje al refugio insular. Ya creía sentir el cálido abrigo de la prisión cuando la joven se enfrentó a él y, estirando una mano, lo aferró por la manga.

- Por supuesto, Mike,- le dijo, alegremente- siempre que me untes bien la mano. Te hubiera respondido antes, pero el policía estaba vigilando.

Con la joven jugando a ser la hiedra trepadora de su roble, Soapy pasó junto al vigilante, sobrecogido por el pesimismo. Parecía condenado a la libertad.

En la esquina siguiente se desprendió de su compañera y echó a correr. Se detuvo en el distrito en donde, por las noches, se encuentran en las calles, corazones, votos, y libretos más alegres. Mujeres envueltas en pieles y hombres de sobretodo avanzaban gozosamente a pesar del frío. Un súbito miedo hizo presa de Soapy: tal vez algún horrible encantamiento lo hacía inmune al arresto. La idea le causó un poco de pánico, y en cuanto se encontró con otro policía bien erguido frente a un resplandeciente teatro, se aferró al último y fácil intento de causar “desorden en la vía pública”.

De pie en la acera, empezó a chillar a todo pulmón insensateces de borracho. Bailó, aulló, exhibió desvaríos y cuanto podía perturbar el orden establecido. El policía balanceó su porra y le dio la espalda, para comentar a un ciudadano:

- Es uno de los chicos de Yale. Están celebrando la paliza que le dieron a los de Hartford en el partido de hoy. Meten bulla, pero no hacen daño a nadie. Tenemos instrucciones de dejarlos en paz.

Soapy, desconsolado, abandonó su infructuoso barullo. ¿Acaso ningún policía pensaba echarle mano? En su fantasía, la Isla era como una Arcadia inalcanzable. Se abotonó la chaqueta liviana para defenderse de aquel viento helado.

En una cigarrería vio que un hombre bien vestido encendía un habano; había dejado el paraguas de seda junto a la puerta, al entrar. Soapy dio un paso hacia el interior, se apoderó del adminículo y se alejó con él, a paso lento. El hombre del cigarro lo siguió apresuradamente.

- Mi paraguas- reclamó, severamente.
- Ah, ¿es suyo?- se burló Soapy, agregando el insulto al hurto. – Bueno, ¿porqué no llama a un policía? Yo se lo quité. ¡Su paraguas! ¿Por qué no llama a un policía? Hay un vigilante en la esquina.

El dueño del paraguas aminoró el paso. Soapy hizo otro tanto, con el presentimiento de que la suerte volvería a tornarse contra él. El policía los miraba con curiosidad.

- Por supuesto, claro.- dijo el hombre del paraguas- es que... Bueno, usted sabe cómo ocurren estas equivocaciones. Yo... si es su paraguas... espero que me disculpe. Lo recogí esta mañana en un restaurante. Si usted lo reconoce, espero que me...
- Claro que es mío- replicó Soapy, cruelmente.

El ex dueño del paraguas se retiró, mientras el policía se apresuraba a ayudar a una rubia alta, de capa, que cruzaba la calle, aunque el coche que se aproximaba estaba dos cuadras más allá.

Soapy se encaminó hacia el este, por una calle arruinada por las mejoras, y lanzó furiosamente el paraguas dentro de una excavación, murmurando contra los hombres que usan casco y portan cachiporras. Como él quería caer en sus garras, parecían mirarlo como a un rey que fuera incapaz de hacer mal alguno.

Al fin llegó a una de las avenidas que iban hacia el este, donde las luces y el tránsito eran mucho menores, y tomó rumbo a la plaza Madison, pues la atracción del hogar subsiste, aun cuando el hogar sea el banco de una plaza.

Pero en una esquina, extrañamente tranquila, se detuvo bruscamente. Había allí una vieja iglesia, pintoresca y laberíntica, con techo a dos aguas. Por un vitral de tonalidad violácea se filtraba una luz suave, allí donde, sin duda, el organista se demoraba sobre el teclado, para asegurarse de dominar el himno del próximo domingo. Porque hasta los oídos de Soapy flotaba una dulce música que lo atrapó, transfigurándolo contra los arabescos de la verja.

La luna brillaba en lo alto, reluciente y serena. El tránsito de vehículos y peatones era escaso; los gorriones piaban desde los aleros, soñolientos... por un momento, la escena pudo corresponder a una iglesia campesina. Y el himno tocado por el organista fijaba a Soapy contra la verja de hierro, pues lo había sabido muy bien en la época en que su vida contenía cosas tales como madres, rosas, ambiciones, amigos, pensamientos inmaculados y cuellos duros.

El receptivo estado mental de Soapy, combinado con la influencia de la antigua iglesia, provocaron en su alma un cambio, súbito y maravilloso. Contempló con repentino horror el pozo al cual había caído, la degradación, los deseos indignos, las esperanzas muertas, las facultades arruinadas y los móviles infames que componían su existencia.

Y también en un momento, su corazón respondió con entusiasmo a tan novedoso estado de ánimo. Un impulso fuerte e instantáneo lo indujo a batallar con su desesperado destino. Se arrancaría de la ciénaga; volvería a convertirse en un hombre; vencería al mal que lo poseía. Había tiempo; aún era relativamente joven y podía resucitar sus antiguas ambiciones, para luchar por ellas sin flaquear. Esas notas de órgano, solemnes pero dulces, acababan de iniciar en él toda una revolución. A la mañana siguiente iría al estruendoso distrito céntrico en busca de trabajo. Una vez, un importador de pieles le había ofrecido un puesto de chofer. Lo buscaría para pedirle el empleo. Sería alguien en el mundo. Sería...

Una mano se apoyó en su brazo. Giró en redondo, rápidamente, y se encontró con la ancha cara de un policía.

- ¿Qué estás haciendo por acá?- preguntó el vigilante.
- Nada- respondió Soapy.
- Vamos, entonces- dijo el policía.
- Tres meses en la Isla- pronunció el magistrado, en el tribunal, a la mañana siguiente.

Cortazar

video

jueves, 8 de enero de 2009

Si los tiburones fueran hombres

María Martínez Contreras, Jaulas de cristal


Si los tiburones fueran hombres


Bertolt Brecht


Historias de Almanaque*. Berlín, 1949.Ed. Alianza. Barcelona (España), 1975.


-Si los tiburones fueran hombres -preguntó al señor K. la hija pequeña de su patrona-, se portarían mejor con los pececitos?
-Claro que sí -respondió el señor K.-. Si los tiburones fueran hombres, harían construir en el mar cajas enormes para los pececitos, con toda clase de alimentos en su interior, tanto plantas como materias animales. Se preocuparían de que las cajas tuvieran siempre agua fresca y adoptarían todo tipo de medidas sanitarias. Si, por ejemplo, un pececito se lastimase una aleta, en seguida se la vendarían de modo que el pececito no se les muriera prematuramente a los tiburones.
Para que los pececitos no se pusieran tristes habría, de cuando en cuando, grandes fiestas acuáticas, pues los pececitos alegres tienen mejor sabor que los tristes. También habría escuelas en el interior de las cajas. En esas escuelas se enseñaría a los pececitos a entrar en las fauces de los tiburones. Estos necesitarían tener nociones de geografía para localizar mejor a los grandes tiburones, que andan por ahí holgazaneando. Lo principal seria, naturalmente, la formación moral de los pececitos. Se les enseñaría que no hay nada más grande ni más hermoso para un pececito que sacrificarse con alegría; también se les enseñaría a tener fe en los tiburones, y a creerles cuando les dijesen que ellos ya se ocupan de forjarles un hermoso porvenir. Se les daría a entender que ese porvenir que se les auguraba solo estaría asegurado si aprendían a obedecer. Los pececillos deberían guardarse bien de las bajas pasiones, así como de cualquier inclinación materialista, egoísta o marxista. Si algún pececillo mostrase semejantes tendencias, sus compañeros deberían comunicarlo inmediatamente a los tiburones.
Si los tiburones fueran hombres, se harían naturalmente la guerra entre si para conquistar cajas y pececillos ajenos. Además, cada tiburón obligaría a sus propios pececillos a combatir en esas guerras. Cada tiburón enseñaría a sus pececillos que entre ellos y los pececillos de otros tiburones existe una enorme diferencia. Si bien todos los pececillos son mudos, proclamarían, lo cierto es que callan en idiomas muy distintos y por eso jamás logran entenderse. A cada pececillo que matase en una guerra a un par de pececillos enemigos, de esos que callan en otro idioma, se les concedería una medalla al coraje y se le otorgaría además el titulo de héroe. Si los tiburones fueran hombres, tendrían también su arte. Habría hermosos cuadros en los que se representarían los dientes de los tiburones en colores maravillosos, y sus fauces como puros jardines de recreo en los que da gusto retozar. Los teatros del fondo del mar mostrarían a heroicos pececillos entrando entusiasmados en las fauces de los tiburones, y la música sería tan bella que, a sus sones, arrullados por los pensamientos más deliciosos, como en un ensueño, los pececillos se precipitarían en tropel, precedidos por la banda, dentro de esas fauces. Habría asimismo una religión, si los tiburones fueran hombres. Esa religión enseñaría que la verdadera vida comienza para los pececillos en el estómago de los tiburones. Además, si los tiburones fueran hombres, los pececillos dejarían de ser todos iguales como lo son ahora. Algunos ocuparían ciertos cargos, lo que los colocaría por encima de los demás. A aquellos pececillos que fueran un poco más grandes se les permitiría incluso tragarse a los más pequeños.
Los tiburones verían esta práctica con agrado, pues les proporcionaría mayores bocados. Los pececillos más gordos, que serían los que ocupasen ciertos puestos, se encargarían de mantener el orden entre los demás pececillos y se harían maestros u oficiales, ingenieros especializados en la construcción de cajas, etc. En resumen: si los tiburones fueran hombres, en el mar habría por fin una cultura.

El Rey Lagarto


Sumando ídolos de La Logia.


The Ghost Song


Despierta
Sacúdete los sueños de tu pelo
Mi preciosa y dulce niña.
Elige el día y el signo para tu día
El día es divino.
La primera cosa que ves
Una inmensa y radiante playa en una bonita y dornada luna
Parejas desnudas corren por sus tranquilos lados
Y reímos como dulces. locos niños
Inmersos en la lana confusa de la mente infantil
La música y las voces giran a nuestro alrededor
Eligen su antiguo cantar
Tu tiempo ha regresado
Elige ahora, su dulce canto
Debajo de la luna
Junto al lago antiguo
Entra otra vez en el dulce bosque
Entra en el cálido sueño
Ven con nosotros
Todo esta roto y baila

miércoles, 7 de enero de 2009

Houseman por Houseman





Sí, ya sé. Dejo para la última la pregunta que me hacen en todos los reportajes:" ¿Te arrepentis de algo?". Y qué voy a contestar:¡ que no! El que se arrepiente en la vida,pierde. Lo hecho hecho está. Ese es un pensamiento que mantuve siempre, igual que esta frase, que resume practicamente mi vida: A mi, ¿Quien me quita lo bailado?"



Rene Houseman


Del libro Corazón Villero

De Federico Topet y Pablo Wildau

Cero a la izquierda

Esto fue publicado en la contratapa del diario Crítica de la Argentina, escrito por Martin Caparrós y lo subo porque expresa mis sensaciones sobre el gobierno. Como decía el General (Cuanto de lo que dicen que dijo Perón habrá realmente dicho): "Se suben al caballo por la izquierda, y se bajan por la derecha".


Caparrós: cero a la izquierda
Si esto sigue así el gobierno centrista de los Kirchner va a tener la culpa de una vuelta victoriosa de la derecha. Por Martín Caparrós.

El problema es después. Ahora estamos como estamos –más o menos– y se diría que esto va a durar: tengo la sensación de que los tres próximos años van a ser pura mediocridad semejante. Es una sensación: una mezcla de ideas que no puedo llamar un análisis pero que, si analizo, me parece acorde con los datos que tengo, las experiencias, las palabras. Creo que, a menos que se produzca alguno de esos shows inesperados que la Argentina siempre ofrece, los tres años de kirchnerismo que nos quedan van a seguir siendo, en el mejor de los casos, como éstos: un gobierno confuso, sin objetivos claros, sin pertenencia definida, sin una base firme, que va y viene entre la realidad y su discurso y que, de vez en cuando, puede intentar incluso alguna medida con la que estoy de acuerdo. Pensando en los gobiernos previos no parece tan grave: sólo será otra de esas pérdidas de tiempo, de esos clásicos desperdicios de oportunidad que han hecho grande y tonto –tan fracasado– a este país. El problema es después. Porque, para desgracia de propios y ajenos, este gobierno dice que promueve ciertos cambios progres –y ha convencido a buena parte de la ciudadanía desatenta, la mayoría, que no siempre tiene ganas de ponerse a analizar matices. Si un señor te recibe en un consultorio con una bata blanca y un estetoscopio y te dice sacate la camisa y decí treinta y tres, vas a pensar que es un doctor. Y después, cuando te diga que tenés pie de atleta aunque lo que te duele es una oreja no vas a pensar que no es doctor, vas a decir qué pelotudos son los médicos, no entienden una goma. Los K se la pasaron diciendo que eran médicos, y sería injusto culparlos por eso. Después de 2001 era notorio que se había abierto un espacio de cambio: la ¿izquierda? lo dejó libre, y la naturaleza y el ¿peronismo? tienen horror al vacío. Entonces los K corrieron a asaltarlo: desenterraron, tras mantenerlas sepultadas 25 años, sus pequeñas historias juveniles y supusieron que con eso les alcanzaba para borrar sus años de negocios impresentables y menemismo activo. No hay por qué culparlos: ellos tenían que intentarlo. Los que no teníamos por qué tragarlo éramos los demás, pero parece que, tras declararnos huérfanos orgullosos, nos asustamos y salimos a buscar un papá. Así que vinieron, ocuparon ese espacio, usaron algunos de sus símbolos y proclamaron que su gobierno es progre o que es de centroizquierda o que está del lado del pueblo o esas cosas y se pusieron a hablar de justicia social y derechos humanos y redistribución de la riqueza –aunque acumulen miles de millones y los usen para pagarles a los países centrales mientras las escuelas y los hospitales no funcionan, aunque sigan gobernando con los caciques habituales, aunque mantengan la desigualdad más insidiosa. Pero el discurso seguía tan progre y hubo quienes lo creyeron o simularon creerlo o pensaron que les convenía creerlo. Entonces los K cooptaron algunos de los movimientos sociales más reconocidos y los integraron a su aparato, con funciones cambiadas: las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo pasaron a ser su mejor firma de relaciones públicas, la legitimadora incuestionable; los piqueteros pasaron a ser su fuerza de choque, los clientes más fieles; ciertos intelectuales respetables pasaron a ser su coro griego, aplausos prestigiosos. Yo estoy absolutamente a favor de que ese tipo de movimientos se involucre en política partidaria: son políticos y toman partido, no podrían hacer otra cosa. La pena es que se peguen a un gobierno que no cambia nada, que desdeña las metas que esos movimientos proclamaban. Uno de los mayores logros del kirchnerismo –que el establishment alguna vez le agradecerá como merece– ha sido deslegitimar y esterilizar a las Madres, los piqueteros y compañía limitada. Pero el problema central es que las mayorías distraídas –fogoneadas por ciertos medios y ciertos grupos muy atentos– aceptan el discurso: sí, claro, es un gobierno medio zurdo, fijate, están las Madres, los piqueteros, mirá lo que dicen. Sí, así es como gobiernan estos tipos, un desastre, lo que hace falta es… Ése es el problema y es, ahora, sobre todo, un desafío para los que nos decimos más o menos de ¿izquierda? Digo izquierda para tratar de entendernos; ya sé, lo tengo escrito: somos confusos, tan confusos que no tenemos ni siquiera un nombre. Pero se pueden establecer ciertas características generales, casi obvias: cuando digo izquierda hablo de los que eligen creer que no tiene que haber ricos y pobres –que la diferencia entre los que tienen más y los que menos, si la hay, debe ser muy escasa. Los que eligen creer que todas las personas deben tener las mismas posibilidades de alojarse, curarse, aprender, trabajar, desarrollarse, y que el Estado sirve para garantizarlo. Que debe haber formas reales de participación de los ciudadanos en las decisiones políticas y en el control del gobierno. Que la justicia debe hacer justicia. Que ninguna institución religiosa o militar o económica puede imponer sus normas a los ciudadanos. Que el nacimiento, el género, las preferencias sexuales no deben definir el tratamiento que cada cual recibe de los otros. Que las personas son más importantes que las patrias. Son puntos básicos, pero ahora se alejan y se alejan. Si todo sigue así, si de nuevo conseguimos no hacer nada, dentro de tres años –con suerte– esto termina en un gobierno Macri-De Angeli, Carrió-Miguens, Solá-Balestrini o lo que sea que la nación bendiga. Ése es el problema: no este gobierno mediocre, sin objetivos claros, sin pertenencia definida, sin una base firme, que va y viene entre la realidad y su discurso, ya perdido, sino el efecto que este gobierno puede tener sobre los diez próximos años. Si esto sigue así el gobierno centrista de los Kirchner va a tener la culpa de una vuelta victoriosa de la derecha todavía más derecha a la política argentina. El período K terminará siendo un terrible cero a la izquierda. En eso, creo, debería consistir una política de ¿izquierda? en estos tres años: en tratar de buscar opciones que eviten el desastre anunciado. Hay tiempo, ideas nunca hubo. Pero ya estamos grandes –yo, por lo menos, ya estoy grande: no me quedan muchas otras chances. Si no hacemos algo más o menos pronto, los años diez van a ser otros años noventa y van a ser otra vergüenza, tan tristes de vivir, tan denigrantes.

Aguafuertes porteñas

Si hay alguien que podría pertenecer a La Logia (¿Qué más se podría pedir?) ese es Roberto Arlt. Esto que viene acá abajo forma parte de sus Aguafuertes porteñas, libro más que recomendado. A la salud de Roberto.


CONVERSACIONES DE LADRONES
A veces, cuando estoy aburrido, y me acuerdo de que en un café que conozco se reúnen algunos señores que trabajan de ladrones, me encamino hacia allí para escuchar historias interesantes.Porque no hay gente más aficionada a las historias que los ladrones. ¿Este hábito provendrá de la cárcel? Como es lógico, yo nunca he pedido determinadas informaciones a esta gente que sabe que escribo, y que no tengo nada que ver con la policía. Además que el ladrón no gusta de ser preguntado. En cuanto se le pregunta algo, tuerce el gesto como si se encontrara frente a un auxiliar y en el despacho de una comisaría. Yo no sé si muchos de ustedes han leído Cuentos de un soñador, de Lord Dunsany. Lord Dunsany tiene, entre sus relatos maravillosos, uno que me parece viene a cuento. Es la historia de un grupo de vagabundos. Cada uno de ellos cuenta una aventura. Todos lloran menos el narrador. Terminado el relato, el narrador se incorpora al círculo de oyentes; otro, a su vez, reanuda una nueva novela que hace llorar también al reciente narrador.Bueno; el caso es que entre los ladrones ocurre lo mismo. Siempre es a la una o a las dos de la madrugada. Cuando, por A o por B, no tienen que trabajar, es casi siempre en un período de vida en que anuncian un formal propósito de vivir decentemente. Aquí ocurre algo extraño. Cuando un ladrón anuncia su propósito de vivir decentemente, lo primero que hace es solicitar que le "levanten la vigilancia". En este intervalo de vacaciones prepara el plan de un "golpe" sorprendente. La policía lo sabe; pero la policía necesita de la existencia del ladrón; necesita que cada año se arroje una nueva hornada de ladrones sobre la ciudad, porque si no su existencia no se justificaría.En dicho intervalo, el ladrón frecuenta el café. Se reúne con otros amigos. Es después de cenar. Juega a los naipes, a los dados o al dominó. Algunos también juegan al ajedrez.El comisario Romayo, me enseñó una vez el cuaderno de un ladrón, en cuya casa acababa de hacer un allanamiento. Este ladrón, que trabajaba de carrero, era un ajedrecista excelente. Tenía anotados nombres de maestros y soluciones de problemas ajedrecísticos resueltos por él. Este asaltante hablaba de Bogoljuboff y Alekhine con la misma familiaridad con que un "burrero" habla de pedigrees, aprontes y performances.A la una o las dos de la madrugada, cuando se han aburrido de jugar, cuando algunos se han ido y otros acaban de llegar, se hace en torno de cualquier mesa un círculo adusto, aburrido, canalla. Círculo silencioso, del cual, de pronto, se escapan estas palabras:-¿Saben? En Olavarría lo trincaron al Japonés. Todos los malandras levantan la cabeza. Uno dice:-¡El Japonés! ¿Te acordás cuando yo anduve por Bahía Blanca? Las corrimos juntos con el Japonés.Ahora el aburrimiento se ha disuelto en los ojos, y los cogotes se atiesan en la espera de una historia. Podría decirse que el que habló estaba esperando que cualquier frase dicha por otro le sirviera de trampolín, para lanzar las historias que envasa.-El Japonés. ¿No era el que estuvo en...? Dicen que estuvo en el asalto con la Vieja...Uno me mira a mí.-Son "mulas de investigaciones". ¡Qué va estar en el asalto! -Cierto es que si usted de noche se lo encuentra al Japonés... -Mira che. El Japonés es como una niña, de educado. Estalla una carcajada, y otro:-Será como una niña, pero te lo regalo. ¿De dónde sacas que es como una niña?-Cuando yo tenía dieciséis años estuve detenido con él, en Mercedes... Era como una niña, te digo. Venían las señoras de caridad, nos miraban y decían: "¡Pero es posible que esos chicos sean ladrones!". Y me acuerdo que yo contestaba: "No señoritas, es un error de la policía. Nosotros somos de familia muy bien". Y el Japonés decía: "Yo quiero ir con mi mamita"... Si te digo que es como una niña.Estallan las risas, y un ladrón me toma del brazo y me dice: -Pero no le crea. Usted ve la jeta que tengo yo, ¿no? Bueno. Yo soy un angelito al lado del Japonés. Pero mire: lo encuentra al Japonés un "lonyi", y de sólo verlo, raja como si viera la muerte. Y éste dice que era una niña... Yo me acuerdo de una quesería que asaltamos con el Japonés... Nos llevamos como doscientos quesos en un carrito. ¡El laburo para venderlos!.... ¡Y el olor! Si se seguía la pista con solo olernos... Otro:-Lo que es ahora el oficio está arruinado. Se han llenado de mocosos batidores. Cualquier gil quiere ser ladrón.Yo miro, reflexiono y digo:-Efectivamente, ustedes tienen razón; ladrón no puede ser cualquiera...-¡Pero claro! Es lo que digo yo ... Si yo me quisiera meter a escribir sus notas, no las podría hacer. ¿No?... Y así es con el "oficio". A ver; dígame, ¿cómo haría usted para robarle ahora al patrón que está en la caja?... Vea que el cajón está abierto...-No sé...-¡Pero amigo! ¡Que no se diga! Vea; se acerca al mostrador y le dice al patrón: "Alcánceme esa botella de vermouth". El patrón ladea el cuerpo para ese lado del estante. En cuanto el hombre está por retirar la botella, usted le dice: "No, esa no: la de más arriba". Como el trompa está de espalda, usted puede limpiarle la caja... ¿Se da cuenta?... -Yo me admiro convencionalmente, y el otro continúa-: ¡Oh! Eso no es nada. Hay "trabajos" lindos... limpios... Ese del robo de la agencia Nassi... Esa es muchachada que promete...-¿Y el Japonés? Me acuerdo: veníamos una vez en el tren... íbamos para Santa Rosa...Son las tres de la madrugada. Son las cuatro. Un círculo de cabezas... un narrador. Digase lo que se quiera, las historias de ladrones son magníficas; las historias de la cárcel... Cinco de la madrugada. Todos miran sobresaltados el reloj. El mozo se acerca somnoliento y, de pronto, en diversas direcciones, pegados casi a las paredes, elásticos como panteras y rápidos en la desaparición, se escurren los malandrines. Y de cinco de ellos, cuatro tienen pedido levantamiento de vigilancia. ¡Para mejor robar!...

René

Ficha del loco. (Hecha por un hincha del globo)
PUESTO: Wing (Puntero Derecho)
LUGAR DE NACIMIENTO: La Banda (Pcia. de Santiago del Estero)
FECHA DE NACIMIENTO: 19-07-53
INFERIORES: Excursionistas / Defensores de Belgrano
FECHA DEBUT EN 1º: 1973
TRAYECTORIA: River Plate (1981/15 partidos), Independiente (1984/4 partidos), Defensores de Belgrano (1971-1972 y 1982/38 partidos), Excursionistas (1985/1 partido), Colo Colo de Chile (1982/19 partidos), Selección Argentina (55 partidos)
FECHA DEBUT EN HURACÁN: 1973
PARTIDOS JUGADOS EN HURACÁN: 266
GOLES EN HURACÁN: 108

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