jueves, 31 de diciembre de 2009

El 2009 en imagenes



































































Crucifixión Rosada

Henry Miller. Nexus


Al mirar hacia la costa, ¡Qué edificios de juguete parecían los rascacielos que sombreaban la orilla del río! ¡Qué efímeros, qué diminutos, qué vanos y arrogantes” En esas tumbas grandiosas hombres y mujeres bregaban un día tras otro, matando sus almas para ganar su pan, vendiéndose a sí mismos, vendiéndose los unos a los otros, inclusive vendiendo a Dios algunos de ellos, y al anochecer se derramaban en las calles como hormigas, obstruían las aceras, se sumergían en el metro o huían a sus casas para volver a enterrarse, no ya en tumbas grandiosas, sino como los infelices cansados, macilentos y vencidos que eran, en tugurios y conejeras a los que llaman “hogar”. De día, el cementerio de sudor y trabajos insensatos; de noche, el cementerio de amor y desesperación. Y esas criaturas que tan fielmente habían aprendido a correr, a suplicar, a venderse a sí mismos y a sus semejantes, a bailar como osos o actuar como perros amaestrados, contradiciendo constantemente su propia naturaleza, esas mismas criaturas desdichadas se abatían de vez en cuando, lloraban como fuentes de miseria, se arrastraban como culebras, pronunciaban sonidos que solo animales heridos pueden emitir al parecer. Lo que querían expresar con esas cabriolas horribles, era que estaban en las últimas, que los dioses del celo los habían abandonado, que si no hablaba con ellos alguien que comprendiera su lenguaje de angustia estaban perdidos, arruinados y traicionados para siempre. Alguien tenía que responderles, alguien reconocible, alguien tan carente de importancia que ni siquiera un gusano podía basilar en lamerle los zapatos.

martes, 29 de diciembre de 2009

lunes, 28 de diciembre de 2009

domingo, 27 de diciembre de 2009

jueves, 24 de diciembre de 2009

Felices Fiestas

Les desea
La Logia René

martes, 8 de diciembre de 2009

Ryszard Kapuscinski. Límites


"Y, sin embargo, las alambradas quieren avisarte, comunicarte algo. Te dicen:!Alto!, estás cruzando la frontera de otro mundo. De aquí ya no saldrás volando, no te escaparás. Este es un mundo de una seriedad mortal, de mando y obediencia. Aprende a obedecer, aprende a someterte, aprende a ocupar con tu persona el mínimo espacio posible. Haz sólo lo que debes. Saldrás mejor parado si te callas. No hagas preguntas.

La ininterrumpida línea de control ocular cumple, a todas luces, el mismo papel disuasorio que las espesas marañas de alambre de espino, que simplemente constituyen una clara, aunque muda advertencia: ¡no se te ocurra ninguna idea peregrina!"

sábado, 14 de noviembre de 2009

William Morris

Fotografia de Gabriela Solano

Únete a la batalla en la que ningún hombre fracasa, porque aunque desaparezca o muera, sus actos prevalecerán.






jueves, 5 de noviembre de 2009

martes, 3 de noviembre de 2009

sábado, 31 de octubre de 2009

Alejandro Dolina miembro honorifico de la Logia René

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¿CUANTO TE PAGAN POR IZAR LA BANDERA?



Carlos Solari

Somos el miedo de los gobiernos que mienten en nombre de la verdad.
El miedo del poder militar, económico y jurídico que impide la comunicación humana de pueblo a pueblo.
Somos el miedo de la soberanía de los piratas del mundo que mutilan el estado de ánimo e impiden la emociones reveladoras.
Somos el miedo del poder de los déspotas que reside en mecanismos impersonales.
El miedo de las estructuras burocráticas que desalientan las conductas exploratorias.
El miedo de las grandes fortunas que se robaron de los derechos naturales.
El miedo de los centros de poder que amenazan con la destrucción total .
El de esos varones sensatos y "prácticos" que desean dejar su huella en la historia y creen solamente en lo que pueden forzar y controlar.
Somos el miedo de quienes nos adiestran a ser corteses cuando alguna institución nos pisotea.
El miedo de quienes temen a los cambios pues su status depende de la rutina y del tiempo de otras personas.
El miedo de las tecnologías caprichosas que nos obligan a valorarlas adoptando siempre sus supuestos básicos.
Somos el viejísimo miedo agazapado en todos los rincones del Imperio y estamos encantados ¡encantados!

lunes, 26 de octubre de 2009

lunes, 19 de octubre de 2009

sábado, 17 de octubre de 2009

La larga risa de todos estos años, por Fito Páez


“Conocí a Bukowski en el ‘87. El título del libro era La máquina de follar, y lo primero que recuerdo es la simpatía inmediata que me causó. Yo comenzaba con el trago duro y no recuerdo haber tenido un compañero de copas con quien compartir todas esas cosas que a uno le suceden cuando empieza con el trago duro. Salvo este viejo cabrón. Recuerdo también alguna que otra pelea con Symms sobre si Miller o Bukowski, y yo decía que los dos, que uno era más floreado que el otro, pero que me divertía más Chinaski. Ahora, al revisar mi bolso de viaje, puedo precisar un poco mejor y veo que siempre me hace reír de una manera franca, y eso es lo que siempre me gustó de él y por eso siempre me acompaña. Y también que ha dedicado toda una vida a poner nerviosos a los comisarios literarios de todo el mundo. También recuerdo el impacto que me causó escuchar por primera vez su voz grabada en uno de sus tantos conciertos ‘literarios’ en los alrededores de Los Angeles. “I came from San Pedro to put Redondo beach on the map...” Todavía me resuena su voz suave y aristócrata.
Salud, buen amigo.”

Era el subsuelo de la patria sublevado

El sol caía a plomo cuando las primeras columnas de obreros comenzaron a llegar. Venían con su traje de fajina, porque acudían directamente de sus fábricas y talleres. No era esa muchedumbre un poco envarada que los domingos invade los parques de diversiones con hábito de burgués barato. Frente a mis ojos desfilaban rostros atezados, brazos membrudos, torsos fornidos, con las greñas al aire y las vestiduras escasas cubiertas de pringues, de restos de breas, grasas y aceites. Llegaban cantando y vociferando, unidos en la impetración de un solo nombre: Perón. Era la muchedumbre más heteróclita que la imaginación puede concebir.

Los rastros de sus orígenes se traslucían en sus fisonomías. El descendiente de meridionales europeos, iba junto al rubio de trazos nórdicos y el trigueño de pelo duro en que la sangre de un indio lejano sobrevivía aún. El río cuando crece bajo el empuje del sudeste disgrega su enorme masa de agua en finos hilos fluidos que van cubriendo los bajidos y cilancos con meandros improvisados sobre la arena en una acción tan minúscula que es ridícula y desdeñable para el no avezado que ignora que es el anticipo de la inundación. Así avanzaba aquella muchedumbre en hilos de entusiasmos que arribaban por la Avenida de Mayo, por Balcarce, por la Diagonal.

Un pujante palpitar sacudía la entraña de la ciudad. Un hálito áspero crecía en densas vaharadas, mientras las multitudes continuaban llegando. Venían de las usinas de Puerto Nuevo, de los talleres de la Chacarita y Villa Crespo, de las manufacturas de San Martín y Vicente López, de las fundiciones y acerías del Riachuelo, de las hilanderías de Barracas. Brotaban de los pantanos de Gerli y Avellaneda o descendían de las Lomas de Zamora. Hermanados en el mismo grito y en la misma fe iban el peón de campo de Cañuelas y el tornero de precisión, el fundidor mecánico de automóviles, la hilandera y el peón.

Era el subsuelo de la patria sublevado. Era el cimiento básico de la Nación que asomaba, como asoman las épocas pretéritas de la tierra en la conmoción del terremoto. Era el substrato de nueva idiosincrasia y de nuestras posibilidades colectivas allí presente en su primordialidad sin reatos y sin disimulos. Era el de nadie y el sin nada en una multiplicidad casi infinita de gamas y matices humanos, aglutinados por el mismo estremecimiento y el mismo impulso, sostenidos por una misma verdad que una sola palabra traducía: Perón.


Raúl Scalabrini Ortiz

viernes, 16 de octubre de 2009

Hasta estallar. Caballeros de la quema.

Me abrazo a la rabia de los vencidos que cruzan sin mapas la oscuridad.
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jueves, 15 de octubre de 2009

Grinberg Blues

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Jorge Senno & Miguel Grinberg

lunes, 12 de octubre de 2009

Arturo Jauretche

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"Nada Grande se puede sin alegría..."

domingo, 4 de octubre de 2009

Se apagó "la voz de América": Murió Mercedes Sosa


Hasta siempre Negra...

Una no muere, el otro resusita

El tuerto y los ciegos

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Viaje al fin de la noche


Louis-Ferdinand Céline
"Todo lo interesante ocurre en la sombra, no cabe duda. No se sabe nada de la historia auténtica de los hombres"
"El amor es el infinito puesto al alcance de los caniches. ¡Y yo tengo dignidad!"
"Cuando estemos al borde del hoyo, no habrá que hacerse el listo, pero tampoco olvidar, habrá que contar todo sin cambiar una palabra, todas las cabronadas más increíbles que hayamos visto en los hombres y después hincar el pico y bajar. Es trabajo de sobra para toda una vida."
"“Ella me abrumaba con la cosas del alma, a boca llena, inagotable. Y el alma es la vanidad y el placer del cuerpo cuando éste se encuentra bien; pero es también el deseo de sacarla del cuerpo desde el momento en que uno se encuentra enfermo o que las cosas andan mal”.
"Lo mejor que puedes hacer, verdad, cuando estás en este mundo, es salir de él. Loco o no, con miedo o sin él"
"La represión de los hurtos de poca importancia se ejerce, fíjese bien, en todos los climas, con un rigor extremo, no sólo como medio de defensa social, sino también, y sobre todo, como recomendación severa a todos los desgraciados para que se mantengan en su sitio y en su casta, tranquilos, contentos y resignados a diñarla por los siglos de los siglos de miseria y de hambre..."
"Para el pobre existen en este mundo dos grandes formas de palmarla, por la indiferencia absoluta de sus semejantes en tiempos de paz o por la pasión homicida de los mismos, llegada la guerra. Si se acuerdan de ti, al instante piensan en la tortura, los otros, y en nada más.¡sólo les interesas chorreando de sangre, a esos cabrones! Princhrad había tenido más razón que un santo al respecto. Ante la inminencia del matadero ya no especulas demasiado con las cosas del porvenir, sólo piensas en amar durante los días que te quedan, ya que es el único medio de olvidar el cuerpo un poco, olvidar que pronto te van a desollar de arriba abajo."

sábado, 3 de octubre de 2009

viernes, 25 de septiembre de 2009

jueves, 24 de septiembre de 2009

martes, 22 de septiembre de 2009

Luis Alberto Spinetta

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La miel en tu ventana

jueves, 17 de septiembre de 2009

lunes, 14 de septiembre de 2009

" El diario no Hablaba de ti ni de mi.."

Eclipse de Mar

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Joaquin Sabina

Oliverio Girondo Testimonial







Allí están,


allí estaban


las trashumantes nubes


la fácil desnudez del arroyo


la voz de la madera


los trigales ardientes


la amistad apacible de las piedras.




Allí la sal,


los juncos que se bañan


el melodioso sueño de los sauces


el trino de los astros


de los grillos,


la luna recostada sobre el césped


el horizonte azul


¡el horizonte!


con sus briosos tordillos por el aire...




¡Pero no!


Nos sedujo lo infecto,


la opinión clamorosa de las cloacas,


los vibrantes eructos de onda corta,


el pasional engrudolas circuncisas lenguas de cemento,


los poetas de moco enternecido,


los vocablos,


las sombras sin remedio.




Y aquí estamos:


exangües,


más pálidos que nunca;


como tibios pescados corrompidos


por tanto mercader y ruido muerto;


como mustias acelgas digeridas


por la preocupación y la dispepsia;


como resumideros ululantes
que toman el tranvía


y bostezan


y sudan


sobre el carbón, la cal, las telarañas


como erectos ombligos con pelusa


que se rascan las piernas y sonríen,


bajo los cielorrasos


y las mesas de luz


y los felpudos;


llenos de iniquidad y de lagañas,


llenos de hiel y tics a Contrapelo,


de histrionismos madeja,


yarará,


mosca muerta;


con el cráneo repleto de aserrín escupido,


con las venas Pobladas de alacranes filtrables,


Con los ojos rodeados de pantanosas costas


y paisajes de arena,


nada más que de arena.




Escoria entumecida de enquistados complejos


y cascarrientos labios


que se olvida del sexo en todas partes,


que confunde el amor con el masaje,


la poesía con la congoja acidulada,


los misales con los libros de caja.




Desolados engendros del azar y el hastío,


con la carne exprimida
por los bancos de estuco y tripas de oro,


por los dedos cubiertos de insaciables ventosas,


por caducos gargajos de cuello almidonado,


por cuantos mingitorios con trato de excelencia


explotan las tinieblas,


ordeñan las cascadas,la adulcorada caña,


la sangre oleaginosa de los falsos caballos,


sin orejas,


sin cascos,


ni florecido esfínter de amapola,


que los llevan al hambre,


a empeñar la esperanza,


a vender los ovarios,


a cortar a pedazos sus adoradas madres,


a ingerir los infundios que pregonan las lámparas,


los hilos tartamudos,


los babosos escuerzos que tienen la palabra,


y hablan,


hablan,


hablan,


ante las barbas próceres,


o verdes redomones de bronce que no mean,


ante las multitudes


que desde un sexto piso


podrán semejarse a caviar envasado,


aunque de cerca apestan:


a sudor sometido,


a cama trasnochada,


a sacrificio inútil,


a rencor estancado,


a pis en cuarentena,


a rata muerta.




Oliverio Girondo
(1891-1961)

lunes, 7 de septiembre de 2009

Bosquecillos




Poetas sin Musa, Helados.

Poetas sin Musa, rígidos.

Poetas sin Musa, vacíos.


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Poetas sin Musa, Mudos.

Poetas sin Musa, ciegos.

Poetas sin Musa, sordos.


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Poetas sin Musa, emfermos.

Poetas sin Musa,yermos.

Poetas sin Musa, estériles.


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Poetas sin Musa, histéricos.

Poetas sin Musa, neurasténicos.

Poetas sin Musa, agónicos.



Leónidas Lamborghini


Del Libro

El Jardín de los poetas

(Adriana Hidalgo editora)

miércoles, 2 de septiembre de 2009

martes, 1 de septiembre de 2009

Lisandro Aristimuño & Jorge Araujo


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Hojas de Camino


en vivo en Fm La Tribu

lunes, 31 de agosto de 2009

domingo, 30 de agosto de 2009

Las drogas más poderosas que he consumido en mi vida


Las drogas más poderosas que he consumido en mi vida, las sustancias psicodélicas más transformadoras, fueron ciertamente algunos libros que he leído.

Cuando tenía 16 años, por ejemplo, las novelas de Leopoldo Marechal (Adán Buenosayres, Megafón o la guerra y El banquete de Severo Arcángelo) se transformaron en faros cuya luz atravesaban las penumbras de la miserable vida cotidiana, las rutinas embrutecedoras que agobiaban mi existencia, para iluminar la vida legendaria que desde niño había añorado como si ya la hubiera experimentado.

Tal fue mi pasión por Marechal que, con la excusa de un falso reportaje para una revista colegial, fui a tocarle el timbre. Leopoldo fue un anfitrión encantador y paciente que nunca expresó el abur
rimiento que le produjo mi acechanza. En aquellos años, tanto su escritura como la de Roberto Arlt me transportaban a un territorio legendario, una región imaginaria que desbarataba los límites convencionales de la argentinidad. Ellos recorrían en sus narraciones los senderos laberínticos de una promesa existencial que yo también me había hecho.

En mi juventud fui un lector adicto y obsesivo. Leía todo aquello que estaba señalado en el mapa de las lecturas que habían diseñado los expertos. Descubrí tarde que así como el mapa no es el territorio, ni el menú es la comida, la literatura no son los libros. La auténtica droga, la magia transformadora, estaba oculta en la sustancia de algunos libros extraordinarios que se disfrazaban de libros. Crimen y castigo no era una novela que sucedía en Rusia y las vicisitudes de aquel asesinato nos identificaban con el homicida. Raskolnikov era un tipo como nosotros y su crimen era una invitación desesperada a comprender que la ley no existía, que todo estaba permitido, que vivíamos en un mundo salvaje y despiadado donde el primer pez que tuvo hambre se convirtió en asesino.

Los poetas malditos (Baudelaire, Rimbaud, Lautréamont, Artaud) azuzaban el fuego que ya quemaba tu alma. Ellos eran una patada en el culo a todas las promesas de la vida normal, a la dicha del amor y a las normas de la decencia.

William Burroughs, quien durante muchos años se resistió a convertirse en esc
ritor, asegura que fue la magia de Hemingway la que lo empujó a la escritura. “No sé si su relato París era una fiesta estaba siquiera bien escrito, lo importante es que la gente comenzó a comportarse como sus personajes, a vestirse como ellos. Eso no es literatura, eso es magia y es lo mío, me dije.”

A principios de la década del 70 llegó a mis manos uno de esos libros inolvidables que afectaron mi rumbo existencial tanto o más que cualquiera de los estímulos e influencias reales que me rodeaban. Fue Primavera negra, de Henry Miller. Ese libro me ayudó a comprender que eran inútiles los esfuerzos que yo estaba haciendo por convertirme en el idiota que los seres queridos me insistían que fuera. Fue como sacarme un traje gris y pesado que era yo mismo. Henry Miller me hizo dar cuenta de que yo era lo que no sabía que podía ser.

El poeta Néstor Perlongher, en la década del 80, dijo en una entrevista: “Piensan los alemanes, hacen rock los ingleses y narran los yanquis”. No se equivocaba: toda la narrativa del siglo pasado estuvo atravesada por los escritores sajones. Truman Capote y Norman Mailer dieron nacimiento a la narrativa periodística o documental aunque desde mi punto de vista la figura más influyente de ese género fue Ernest Hemingway, un escritor que dejó estampado un sello de heroicidad y bravura alrededor de su figura.

En el camino, de Jack Kerouac, fue un manual de instrucciones de cómo escaparse de la vida ordinaria y su lectura arrastró a una gran cantidad de miembros de mi generación a sacarse la corbata de estudiante universitario para salir a vagabundear como linyeras por las calles del mundo.

La melancolía etílica de Malcolm Lowry, la mirada vulgar y certera de Bukowski sobre los pequeños y miserables actos en que consisten las vidas, las demoledoras visiones casi cinematográficas de Raymond Carver sobre la sordidez que se esconde tras los modales de la convivencia, la mágica inventiva que surge en El palacio de la luna, de Paul Auster, o en Rock Springs, de Richard Ford. Esos escritores eran amigos invisibles y distantes que yo amaba como si los conociera.

En Latinoamérica, bajo la publicitada etiqueta del realismo mágico, la literatura se sumergió en el buceo obsesivo de un pasado mítico, en una reivindicación ideológica de los fantasmas de lo extinto. En nuestro país todos los relatos de las últimas dos décadas estuvieron signados por la presencia más o menos visible de las dictaduras militares, de la tragedia de los desaparecidos y de las distintas vicisitudes de la epopeya del peronismo. Esa narrativa nos propuso la asunción de una culpa, la conciencia de un fracaso, convirtiéndonos en prisioneros de la historia. Yo creo que el artista debe oponerse a la legitimidad de la historia. Mientras que las verdades que surgen del pasado nos sujetan y determinan, las que vienen del futuro nos liberan y nos exponen a las tormentas del extravío.

Por Enrique Symns
Fuente: Critica

sábado, 29 de agosto de 2009

George Best - Frases Célebres


"He gastado mucho dinero en mujeres, coches y alcohol...el resto lo he despilfarrado"


"En 1969 dejé las mujeres y el alcohol; fueron los peores 20 minutos de mi vida"

sábado, 22 de agosto de 2009

Oliverio Girondo



Se podrá discutir mi erudición ornitológica y la eficacia de mis aperturas de ajedrez. Nunca faltará algún zopenco que niegue la exactitud astronómica de mis horóscopos ¡pero eso sí! a nadie se le ocurrirá dudar, ni un solo instante, de mi perfecta, de mi absoluta solidaridad.
¿Una colonia de microbios se aloja en los pulmones de una señorita? Solidario de los microbios, de los pulmones y de la señorita. ¿A un estudiante se le ocurre esperar el tranvía adentro del ropero de una mujer casada? Solidario del ropero, de la mujer casada, del tranvía, del estudiante y de la espera.
A todas horas de la noche, en las fiestas patrias, en el aniversario del descubrimiento de América, dispuesto a solidarizarme con lo que sea, víctima de mi solidaridad.
Inútil, completamente inútil, que me resista. La solidaridad ya es un reflejo en mí, algo tan inconsciente como la dilatación de las pupilas. Si durante un centésimo de segundo consigo desolidarizarme de mi solidaridad, en el centésimo de segundo que lo sucede, sufro un verdadero vértigo de solidaridad.
Solidario de las olas sin velas... sin esperanza. Solidario del naufragio de las señoras ballenatos, de los tiburones vestidos de frac, que les devoran el vientre y la cartera. Solidario de las carteras, de los ballenatos y de los fraques.
Solidario de los sirvientes y de las ratas que circulan en el subsuelo, junto con los abortos y las flores marchitas.
Solidario de los automóviles, de los cadáveres descompuestos, de las comunicaciones telefónicas que se cortan al mismo tiempo que los collares de perlas y las sogas de los andamies.
Solidario de los esqueletos que crecen casi tanto como los expedientes; de los estómagos que ingieren toneladas de sardinas y de bicarbonato, mientras se van llenando los depósitos de agua y de objetos perdidos.
Solidario de los carteros, de las amas de cría, de los coroneles, de los pedicuros, de los contrabandistas.
Solidario por predestinación y por oficio. Solidario por atavismo, por convencionalismo. Solidario a perpetuidad. Solidario de los insolidarios y solidario de mi propia solidaridad.

jueves, 20 de agosto de 2009

martes, 18 de agosto de 2009

Leopoldo Marechal



Creo que actualmente hay dos Argentinas: una en defunción, cuyo cadáver usufructúan los cuervos de toda índole que lo rodean, cuervos nacionales e internacionales; y una Argentina como en navidad y crecimiento, que lucha por su destino, y que padecemos orgullosamente los que la amamos como a una hija. El porvenir de esa criatura depende de nosotros, y muy particularmente de las nuevas generaciones.

lunes, 10 de agosto de 2009

Hiroshima, 6 de agosto de 1945


Artículo publicado en su momento en el New Yorker y ganador del Premio Pulitzer, leido en clase por un profesor de mi facultad el último 6 de agosto.



Hiroshima, 6 de agosto de 1945


Por John Hersey



A las 8:15 de la mañana del 6 de agosto de 1945, el bombardero estadounidense Enola Gay lanzaba sobre la ciudad japonesa de Hiroshima la primera bomba nuclear de la historia. Era el fin de la Segunda Guerra Mundial y el comienzo de la era atómica. La bomba mató al instante a cien mil personas, provocando formas desconocidas de sufrimiento humano. El testimonio de John Hersey, uno de los primeros periodistas extranjeros que llegó al lugar, fue publicado inicialmente en The New Yorker y es un clásico de los reportajes de guerra.

Esa mañana, antes de las seis, el día era tan luminoso y hacía tanto calor que la jornada se anunciaba tórrida. Unos instantes más tarde se oyó una sirena: su ulular durante un minuto anunciaba la presencia de aviones enemigos, pero su brevedad indicaba también a los habitantes de Hiroshima que el peligro no era grande. La sirena sonaba cada día a la misma hora, cuando el avión meteorológico estadounidense se acercaba a la ciudad.

Hiroshima tenía la forma de un ventilador: la ciudad estaba formada por seis islas separadas por los siete ríos del estuario que se ramificaban hacia el exterior, a partir del río Ota. Los barrios más poblados y comerciales ocupaban más de seis kilómetros cuadrados en el centro del perímetro urbano. Allí vivían las tres cuartas parte de sus habitantes. Varios programas de evacuación habían reducido considerablemente esa población, que había pasado de 380.000 personas antes de la guerra, a unas 245.000. Las fábricas y los barrios residenciales, al igual que los suburbios populares, se hallaban fuera de los límites urbanos. Al sur estaban el aeropuerto, los muelles y el puerto sobre el mar interior salpicado de islas (1). Una cadena montañosa cierra el horizonte en los tres lados restantes del delta.

La mañana había vuelto a ser apacible, tranquila, y no se oía ningún ruido de avión. Entonces, repentinamente, el cielo estalló en un flash luminoso, amarillo y brillante como diez mil soles. Nadie recuerda haber escuchado el menor ruido en Hiroshima cuando estalló la bomba. Pero un pescador que se hallaba en su barca, cerca de Tsuzu, en el mar interior, vio el resplandor y oyó una explosión terrible. Estaba a 32 kilómetros de Hiroshima y -según dijo- el ruido fue mucho más ensordecedor que cuando los B-29 habían bombardeado la ciudad de Iwakuni, situada a sólo ocho kilómetros.

Una nube de polvo comenzó a levantarse sobre la ciudad, ensombreciendo el cielo como en una suerte de crepúsculo. Un grupo de soldados salió de una trinchera; sus cabezas, pechos y espaldas chorreaban sangre; estaban callados y aturdidos. Era una visión de pesadilla. Sus rostros estaban completamente quemados, las cuencas de sus ojos vacías, y el fluido de sus ojos derretidos, corría por sus mejillas. Seguramente estaban mirando el cielo en el momento de la explosión. Sus bocas eran apenas llagas inflamadas cubiertas de pus.

Las casas ardían, mientras comenzaban a llover gotas de agua del tamaño de una bola de billar. Eran gotas de humedad condensada que caían del gigantesco hongo de humo, polvo y fragmentos en fisión que ya se alzaba varios kilómetros sobre Hiroshima. Las gotas eran demasiado grandes para ser normales. Alguien se puso a gritar: "Los estadounidenses nos bombardean con gasolina. Quieren quemarnos". Pero eran evidentemente gotas de agua, y mientras caían, el viento comenzaba a soplar cada vez más fuerte, posiblemente a causa de la formidable corriente de aire provocada por la ciudad en llamas. Árboles inmensos caían a tierra; otros, menos grandes, eran arrancados de raíz y lanzados al aire, donde el torbellino de un huracán enloquecido hacía girar restos dispersos de la ciudad: tejas, puertas, ventanas, ropa, alfombras...

Cerca de 100.000 de los 245.000 habitantes de Hiroshima resultaron muertos o con heridas mortales en el mismo instante de la explosión. Otros 100.000 quedaron heridos. Al menos 10.000 de esos heridos, los que aún podían desplazarse, se dirigieron al hospital central de la ciudad, que no estaba en condiciones de recibir semejante multitud. De los 150 médicos de Hiroshima, 65 habían muerto y todos los otros estaban heridos. Y sobre las 1.780 enfermeras, 1.654 habían resultado muertas o con heridas que les impedían trabajar. Los pacientes llegaban arrastrándose y se instalaban en cualquier lugar, agachados o acostados sobre el piso de las salas de espera, en pasillos, laboratorios, habitaciones, escaleras, en la entrada, en la puerta del garaje, en el patio, y aún afuera, hasta donde se alcanzaba a ver, en las calles en ruinas... Los menos afectados socorrían a los mutilados.

Familias enteras, con los rostros desfigurados, se ayudaban mutuamente. Algunos heridos lloraban, la mayoría de ellos vomitaba. Otros tenían las cejas quemadas, y la piel despegada en el rostro y en las manos. Había quienes, a causa del dolor, mantenían los brazos en alto como sosteniendo una carga con sus manos. Si se tomaba a un herido por la mano, la piel se despegaba en grandes pedazos, como si fuera un guante.


Horrores de corto y largo plazo


Muchos estaban desnudos o con la ropa hecha jirones. Las quemaduras, primero amarillas, luego se tornaban rojas, se hinchaban, y comenzaban a supurar, exhalando un olor nauseabundo. Sobre algunos cuerpos desnudos, las quemaduras habían dibujado las líneas de la ropa que llevaban. Sobre la piel de algunas mujeres podía verse el dibujo de las flores de su kimono, ya que el blanco había reflejado el calor de la bomba mientras que el negro lo había absorbido contra la piel. Casi todos los heridos caminaban como sonámbulos, con la cabeza erguida, en silencio y con la mirada perdida.

Todas las víctimas quemadas o expuestas a la explosión, habían recibido dosis de radiación mortales. La radioactividad destruía las células, provocaba la degeneración de su núcleo y rompía sus membranas. Quienes no murieron inmediatamente o no resultaron heridos, no tardaron en enfermarse. Tenían náuseas, fuertes dolores de cabeza, diarrea, fiebre; síntomas que duraban varios días. La segunda fase comenzó diez o quince días después de la bomba: primero comenzaban a perder el cabello, y luego vinieron diarreas y accesos de fiebre de hasta 41°.

Entre veinticinco y treinta días después de la explosión aparecían los primeros problemas sanguíneos: las encías sangraban y el número de glóbulos blancos disminuía dramáticamente, a la vez que se rompían los vasos sanguíneos de la piel y de las mucosas. La baja de glóbulos blancos reducía la resistencia a las infecciones; la más mínima herida necesitaba semanas para cicatrizarse, y los pacientes desarrollaban persistentes infecciones de la garganta y de la boca. Luego de la segunda etapa -si el paciente aún sobrevivía- aparecía la anemia, la baja de glóbulos rojos. En esa fase, muchos enfermos murieron por infecciones pulmonares.

Todos aquellos que habían decidido descansar luego de la explosión tenían menos posibilidades de enfermarse que quienes se mostraron muy activos. Era raro que cayeran los cabellos grises. Pero el aparato reproductor resultó afectado de modo duradero: los hombres se volvieron estériles, todas las mujeres embarazadas abortaron, mientras que las que estaban en edad de procrear constataron que su ciclo menstrual se había detenido.

Los primeros científicos japoneses llegados al lugar pocas semanas después de la explosión comprobaron que el flash de la bomba había aclarado el color del cemento. En ciertos lugares, la bomba había impreso la sombra de los objetos iluminados por su resplandor. Así, los expertos hallaron fijada sobre el techo de la Cámara de Comercio la sombra que había dejado la torre del edificio. También se encontraron siluetas humanas recortadas contra las paredes, como negativos fotográficos. En la zona central de la explosión, sobre el puente cercano al Museo de Ciencias, un hombre y su carro quedaron proyectados como una sombra bien definida, en la que puede verse al personaje dispuesto a azotar a su caballo en el momento en que la explosión literalmente los desintegró.

miércoles, 5 de agosto de 2009

Pateando la Calle 13

La perla

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Pal´ norte

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martes, 4 de agosto de 2009

El hombre electrico

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Patricio Rey y sus redonditos de Ricota

lunes, 27 de julio de 2009

LA AMADA DE LOS MALQUERIDOS Por Eduardo Galeano

Obra de Daniel Santoro

¡Viva el cáncer!, escribió alguna mano enemiga en un muro de Buenos Aires. La odiaban, la odian los biencomidos: por pobre, por mujer, por insolente. Ella los desafía hablando y los ofendía viviendo. Nacida para sirvienta, o a lo sumo para actriz de melodramas baratos. Evita se había salido de su lugar. La querían, la quieren los malqueridos; por su boca ellos decían y maldecían. Además Evita era el hada rubia que abrazaba al leproso y al haraposo y daba paz al desesperado, el incesante manantial que prodigaba empleos y colchones, zapatos y máquinas de coser, dentaduras postizas, ajuares de novia. Los míseros recibían estas caridades desde al lado, no desde arriba, aunque Evita luciera joyas despampanantes y en pleno verano ostentara abrigos de visón. No es que le perdonaran el lujo: se lo celebraban. No se sentía el pueblo humillado sino vengado por sus atavíos de reina. Ante el cuerpo de Evita, rodeado de claveles blancos desfila el pueblo llorando. Día tras día, noche tras noche, la hilera de antorchas: una caravana de dos semanas de largo. Suspiran aliviados los usureros, los mercaderes, los señores de la tierra.

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